Ya no viste de capitana, ni dispara pistolas, ni monta a caballo. No
le caminan las piernas y todo el cuerpo le desborda gorduras; pero ocupa
su sillón de inválida como si fuera un trono y pela naranjas y guayabas
con las manos más bellas del mundo.
Rodeada de cántaros de barro, Manuela Sáenz reina en la penumbra del
portal de su casa. Más allá se abre, entre cerros del color de la
muerte, la bahía de Paita. Desterrada en este puerto peruano, Manuela
vive de preparar dulces y conservas de frutas. Los navíos se detienen a
comprar. Gozan de gran fama, en estas costas, sus manjares. Por una
cucharita, suspiran los balleneros.
Al caer la noche, Manuela se divierte arrojando desperdicios a los
perros vagabundos, que ella ha bautizado con los nombres de los
generales que fueron desleales a Bolívar. Mientras Santander, Páez,
Córdoba, Lamar y Santa Cruz disputan los huesos, ella enciende su cara
de luna, cubre con el abanico su boca sin dientes y se echa a reír y ríe
con todo el cuerpo y los muchos encajes volanderos. Desde el pueblo de
Amotape viene, a veces, un viejo amigo. El andariego Simón Rodríguez se
sienta en una mecedora, junto a Manuela, y los dos fuman y charlan y
callan. Las personas que más quiso Bolívar, el maestro y la amante,
cambian de tema si el nombre del héroe se cuela en la conversación.
Cuando don Simón se marcha, Manuela pide que le alcancen el cofre de
plata. Lo abre con la llave escondida en el pecho y acaricia las muchas
cartas que Bolívar había escrito a la única mujer, gastados papeles que todavía dicen:
−Quiero verte y reverte y tocarte y sentirte y saborearte… Entonces pide el espejo y se cepilla largamente el pelo, por si él viene a visitarla en sueños.
Memoria del Fuego II: Las Caras y las Máscaras
Nosotras pensamos que el amigo de Bolívar y la amante que es Manuela, fueron fieles a Bolívar aún después que este había muerto. Manuela sigue sintiendo rencor por los que traicionaron a Bolívar, el hombre que ella quería, por eso le puso a los perros vagabundos el nombre de cada uno de los traidores.
Ella al leer las cartas que él mandaba se sentía que estaba con él y se quería arreglarse y ponerse linda para él.


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